“Hoy tenemos, hoy damos”

Argentina, década de los años 60. Ella era una bella modelo de clase acomodada, aparecía en películas y se codeaba con figuras del espectáculo.

Hoy esa misma mujer tiene una existencia austera y su vestimenta se parece a la de una monja, aunque ella no lo es. Vive en una casa rodante viajando por el país asistiendo a comunidades indígenas olvidadas, dando de comer, curando y construyendo casas, hospitales y escuelas.

Natty Petrosino, de 67 años, cuenta que una grave enfermedad hace casi cuatro décadas la hizo “descubrir a Dios” y la cambió para siempre.

Desde su ciudad natal de Bahía Blanca, a 660 kilómetros al sur de Buenos Aires, fundó una red de hogares para ayudar a pobres, enfermos y discapacitados en toda Argentina. Luego decidió dedicarse exclusivamente a los pueblos aborígenes.

Natty ha hecho su trabajo a pulmón, sin el amparo de institución alguna. La difusión boca a boca de su labor le ha reportado numerosas donaciones y colaboraciones de todo el mundo.

Ahora es la única latinoamericana nominada al premio internacional “Mujer del Año”, que está dotado con 20.000 euros y se entregará este viernes en la ciudad de Aosta, en el noroeste de Italia.

Antes de viajar a Europa, Natty, a quienes algunos consideran la “madre Teresa” argentina, habló con BBC Mundo sobre su transformación y su misión de ayuda a los desamparados.

¿Cómo ocurrió esa transformación tan radical en su vida?

Tuve una enfermedad grave, un cáncer en el oído medio bastante comprometido, y durante la operación estuve muerta unos segundos. En ese tiempo que pasé del otro lado, me di cuenta de que la vida no era lo que yo conocía, sino que más bien había que vivir intensamente sirviendo a los demás.

Usted tiene esposo y dos hijos. ¿Cómo les dijo que quería salir a “hacer misión” y cómo reaccionaron?

Mis hijos eran muy pequeños. Cuando yo lo comenté, mi esposo se puso muy contento porque vio que yo salía de la depresión en la que estaba.

Me tomé muy en serio el Evangelio y empecé a meter en mi casa a todo vagabundo, madre soltera y prostituta que había en la calle. Avisé a la policía y a los hospitales que si encontraban a algún desamparado me llamaran.

Metí en mi casa a todo el que no tenía donde estar. Era en un barrio residencial, con piscinas, y la gente se asombraba de ver “cosas raras” en lo de los Petrosino.

Mi esposo pensó que era como un hobby y se me iba a pasar. Veía que yo tenía alegría y me dejó hacer. No se daba cuenta de que estábamos entrando en un camino angosto hacia Dios.

Se la ve vestida como una monja, llevando una cruz en el pecho. ¿Por qué?

Yo tenía tanta ropa… La regalé toda y empecé a usar lo que donaban. Y comencé a usar guardapolvos blancos, que llegaban muy grandes. La cruz es porque estoy enamoradísima de mi Señor.

¿Qué particularidad tiene su labor de ayuda en relación con otras similares?

Nuestra tarea es bastante diferente, porque desde que regresé de la muerte me propuse vivir el Evangelio sin quitarle ni añadirle nada. He renunciado a todo para vivir simplemente de la caridad.

Nosotros hemos llegado a darles de comer a 7.000 personas por día sin contar con subsidios. Para la ley terrena nunca hemos existido. No tenemos personería jurídica, ni ningún convenio con el Estado; tampoco cuentas bancarias ni dinero guardado.

Yo creo que ahí está la diferencia. Hoy tenemos, hoy lo damos. Y esperamos de la providencia para mañana.

¿De dónde viene el dinero, los alimentos y los suministros con los que se ayuda a los desamparados?

Nosotros jamás nos preocupamos por eso. Llega solo. La gente se va enterando y trae cosas permanentemente. Yo ni siquiera lo pido.

¿Por qué en un momento decidió dedicarse exclusivamente a ayudar a pueblos indígenas como los mapuches, huarpes y wichis de Argentina?

De pronto me di cuenta que lo que nosotros estábamos haciendo con nuestros hogares, cualquier institución lo podía hacer. Mientras que donde nosotros estamos ahora no es fácil llegar.

Hay que vivir debajo de un árbol y convivir con tuberculosis, lepra, desnutrición, hambre. Hay chicas de 12 años que dan a luz debajo de un árbol y tenemos que asistirlas.

Hay que vivir con ellos y compartir todo. Enseñarles a lavarse la cara, a respirar casi… Me parece que es mucho más necesario. Hemos levantado casas, escuelas, salas de primeros auxilios, centros de salud.

Todo lo que construimos lo hacemos a medida que pasamos por los lugares que lo necesitan, no importa dónde.

¿Qué les diría a los gobiernos que desatienden a determinados sectores de la población?

Más que decirle a los gobiernos, yo le diría a la gente que si las autoridades no actúan, por qué no lo hacemos nosotros sumándonos. Dios no nos va a preguntar “¿qué hizo el gobierno de tal o cual país”, sino “¿vos qué hiciste en ese momento en que había hambre?”.

¿Cómo llega la nominación para el premio internacional “Mujer del Año”?

Es algo muy hermoso y me emociona saber que una de las ganadoras en años anteriores conocía mi historia y presentó mi postulación. Yo no tenía la menor idea, me avisaron hace una semana. No tengo ropa de invierno para ir (risas), así que supongo que alguien me regalará algo.

¿Qué va a hacer con el dinero del premio?

No sé. Falta mucho por hacer. Casas, casas, casas… y comprar cosas para mis pobres.

Fuente: BBCMUNDO.com

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