Stephen King: en sus propias palablas

El prolífico y exitoso escritor, autor de decenas de novelas de terror, habla sin tapujos sobre Blair, Bush, el matrimonio, los hijos, el dinero. En la Argentina, acaba de aparecer Cell, su nueva historia

Más de una vez lo han llamado “el genio del terror”. Y Stephen King no parece demasiado inquieto por negarlo. Más bien hace un gesto parecido al desdén, se cruza de piernas y explica:

–Sí, me dicen así por los temas que elijo, o mejor dicho, no por los temas, sino por los elementos. La gente me ha puesto una etiqueta; dicen: “Es un escritor de horror”. Mis editores ingleses han aprovechado eso, verdaderamente. Ponen esas cubiertas con sangre en las manos que salen de la tierra y todo eso en mis libros, y realmente es maravilloso: me ha permitido pagar la educación de mis hijos y las hipotecas, y dar mucho dinero a instituciones de caridad. Por eso, sinceramente, no tengo problema alguno en que me consideren así.

En cambio, Stephen King se muestra más preocupado al pensar en su visita a Inglaterra, adonde proyectaba viajar poco antes de conceder esta entrevista para presentar allí su último libro, Lisey’s story (La historia de Lisey), que aún no tiene fecha de publicación en América latina, pero que ya se ha conocido en los Estados Unidos y en varios países de Europa.

–Usted viaja a Inglaterra, pero no ha cruzado el Atlántico durante siete años…

–Creo que hace aún más tiempo.

–¿Desde el accidente automovilístico que sufrió en 1999?

–Más tiempo. Desde antes del accidente. Tendría que mirar en mi pasaporte, pero sí, fue antes de mi accidente.

–¿Cuánto tiempo piensa estar en Europa?

–Sólo voy a Inglaterra. Sólo a Inglaterra. Nunca “he hecho” Europa. Creo que, con el mundo en la situación en que está, ir tan sólo a Inglaterra es suficientemente malo. Me dan ganas de ir con una remera que diga: “No lo voté (a Bush). No es el tipo que elegí. No me culpen”. Creo que es un idiota. Pero también creo que Blair es un idiota, así que así estamos.

–¿Siempre pensó así?

–No. No tenía ninguna opinión sobre Tony Blair hasta que le besó…, bueno, ya sabe, hasta que se convirtió en un títere sobre la rodilla de George W. Me refiero a cómo interviene para aclarar. En las conferencias de prensa conjuntas, Tony es siempre el que parece estar diciendo: “George, ¿no es exactamente esto lo que quieres decir?” Parece mucho más coherente y articulado, alguien que verdaderamente tiene cerebro, algo que George no parece tener mayormente. Por suerte, nadie en mi distrito electoral me repudiará por decir esto. Y si lo hacen, que lo hagan. Mi esposa tiene una leyenda pegada en el auto que dice: “En algún lugar de Texas a un pueblo le falta un idiota”. Así que basta de política.

–Algunos críticos dicen que su último libro, Lisey’s Story (La historia de Lisey) es el más complejo que usted ha escrito…

–Bueno, es un libro especial, combina varias categorías. Hay un elemento “situacional” muy contundente que tiene que ver con los manuscritos. Siempre ha existido una conjetura interesante respecto de qué pasaría si un escritor famoso dejaba manuscritos inéditos y alguien los encontraba después. Saqué esa idea de historias que escuché durante toda mi vida.

Quién sabe si es cierto, pero dicen que J. D. Salinger aún está vivo y que, no hay dudas, está en New Hampshire, y también dicen que sigue escribiendo, que ha escrito no sé cuántos libros. Mi editor de Doubleday, Bill Thompson, me contó una historia según la cual Salinger habría ido al banco donde tiene una caja de seguridad llevando un paquete grande y una empleada le dijo: “Disculpe, señor Salinger, ¿eso que trae es un nuevo libro?”. Y él respondió: “Sí”. La mujer le preguntó: “¿Lo va a publicar?” Y supuestamente Salinger le contestó: “¿Para qué?”

Y cuando escuché la historia, se me ocurrió la idea de qué pasaba si había un escritor como él y alguien robaba el banco, no por dinero, sino para conseguir el manuscrito inédito. Nunca se escribió ese libro, pero pensé qué pasaría si moría un escritor famoso y alguna persona, bastante loca, quería los manuscritos inéditos. En este libro, ése era Dooley. Pero al final, ese elemento en particular resultó menos importante que la historia secundaria. La historia secundaria se convirtió en la historia principal del libro (ver recuadro).

–¿Es una historia sobre el matrimonio?

–Sí y no. Cuando empecé Lisey’s Story pensé que sería una divertida historia humorística sobre aquello de que, como dicen, detrás de cada hombre exitoso hay una mujer exitosa. Por mi propia vida, sé que eso es a la vez falso y cierto. Pero el elemento cierto es éste: las esposas de la gente famosa suelen ser totalmente ignoradas; quedan completamente en la sombra, y sin embargo son muy pero muy importantes; y pensé qué pasaría si mostraba a esta mujer salvando a ese tipo, una y otra vez, sin que nadie más que ella lo viera.

Después me puse serio porque me enamoré de ella y me enamoré del matrimonio, y pensé que no quería para nada escribir un libro gracioso. Quería escribir un libro sobre el matrimonio y las consecuencias del matrimonio, sobre el amor y la fidelidad y la parte buena del matrimonio y para qué sirve. Me parece que a cualquiera le resulta tan difícil comunicarse con otro y que tal vez el verdadero propósito de estar casados durante mucho tiempo es que la única manera de que dos personas pueden comunicarse es si pasan mucho tiempo juntas y mantienen el diálogo.

En realidad, uno desarrolla su propio lenguaje secreto, su propio reino secreto, y la gente de afuera no puede entender, y no tiene que hacerlo.

–¿Alguno de sus libros anteriores se ha centrado tanto en un tema mundano?

–Todos ellos se han centrado en cosas bastante mundanas. Pet Sematary (Cementerio de animales) es sobre criar hijos y la vida de familia y, en gran parte, Dolores Claiborne es un libro sobre la enfermería. Es sobre cómo hace uno para cuidar a alguien viejo y enfermo. Muchos de mis libros son sobre la vida cotidiana estadounidense, a pesar de que me consideren un escritor de terror.

En Lisey’s Story, cuando el protagonista, Scott Landon, está en la cama con Lisey, justo antes de pedirle matrimonio, le dice: “Sé que no te gustará mi tercer libro, se llama Empty Devils (Diablos vacíos), y la gente va a decir que es una novela de horror, y eso está bien”. Pero luego Landon agrega: “Pueden llamarme lo que se les antoje, siempre que no me llamen tarde para cenar”. Y ésa es, definitivamente, una filosofía típica de Stephen King, porque no dependo de esas etiquetas. La gente leerá este libro y dirá, más que de cualquiera de los otros: “Es autobiográfico”. Pero no lo es, es humo y espejo, porque uno empieza con lo que sabe, después se desvía, pero siempre tiene esa base sobre la que pueda construir y sentirse cómodo. Gerald’s Game (El juego de Gerald) es un libro sobre el abuso infantil. Es una historia muy común y oscura sobre una niña que es abusada por su padre y crece convirtiéndose en cierta clase de mujer que termina encadenada a la cama con su esposo muerto en el suelo y el perro comiéndose el cadáver, y ella está en medio del bosque, aislada, tiene que soltarse, pero está encadenada a la cama porque ha sido encadenada a cierta clase de vida debido a las cosas que le ocurrieron. ¿Entiende lo que le digo? Uno puede hacer eso porque la gente le ha puesto una etiqueta. Siempre me he sentido cómodo porque todo el mundo me llamó un escritor de horror.

–¿Y a cuántos de sus libros se los puede considerar con justicia exponentes del género de horror?

–A todos los que usted quiera; yo no pienso ponerles ninguna etiqueta.

–El primer libro suyo que leí fue The Dead Zone (La zona muerta). No es una novela de horror en ningún sentido.

–Para nada.

–Y The Stand (Apocalipsis) no es una novela de horror: es más bien de ciencia ficción.

–Muchas tienen elementos de ciencia ficción. Recientemente leí algo que me encantó. Un escritor estadounidense de ciencia ficción, Spider Robinson, aparentemente reseñó The Stand y dijo que le gustaría que hubiera escritores de ciencia ficción en cada librería de EE.UU. para que les dijeran a los lectores que no compraran ese libro. Porque la idea de The Stand –y uno de los personajes lo dice directamente– es: “Al final de la tecnología, la tumba colectiva”. Tarde o temprano, si se le da a la gente suficiente tecnología, nuestra capacidad de controlar el cerebro –que es donde decimos “tenemos que matarlos a todos, no son de los nuestros”– será tal que vamos a matar a todo el mundo tarde o temprano, y ya lo estamos haciendo. Eso se ve en las noticias de cada noche.

Pero a Spider Robinson eso no le gustó porque él era un tipo enormemente tecnológico, había aprendido de Robert Heinlein, un gran creyente en el aspecto tecnológico de las cosas.

Cell (Celular) es lo mismo. Cell dice que cada vez que usted usa su teléfono celular y escucha a su amigo que está en la otra punta de la ciudad, alguien puede estar escuchando y puede ocurrir cualquier cosa, y en el transcurso del libro, ¿qué ocurre? Aparece Bush y resulta que está escuchando a todo el mundo. “Hola, ¿qué tal? ¿Saben qué?, estoy escuchándolos a todos –dice por TV–, porque al-Qaeda está hablando, y queremos saber de qué”. Y alguien seguramente está diciéndome que, como seres humanos, tarde o temprano, alguien dirá: “Sólo queremos escuchar para saber lo que están diciendo de nosotros políticamente. No nos interesa quién se acuesta con quién, sino quién está en contra de nosotros, políticamente”, o algo así. Es la naturaleza humana, ¿entiende? Si se le da demasiada soga a la gente, tarde o temprano empezarán a hacer esas cosas.

Así es como somos.

Una de las razones por las que me pusieron la etiqueta de escritor de horror es porque, cuando se la considera en general, mi visión de la humanidad es bastante oscura. Cuando veo a la gente en general siempre veo un modelo. Cuando lo veo a usted, solo, creo que es un buen tipo. Pero cuando veo a la gente para la que usted escribe, leyendo colectivamente, digo: “Mierda, hombre, si escribe lo correcto todos se me vendrán encima”.

Una de las cosas que suelo pensar cuando accedo a estas entrevistas es: “Cuidado con lo que dices, porque si dices algo equivocado te la verás muy mal”. ¿Tiene sentido eso?

–Sí, lo tiene. Lisey’s Story me pareció un libro triste.

–Es un libro triste.

– ¿Es por causa de su accidente?

–Bueno, tuve el accidente y me golpearon de este costado y todo se quebró, incluyendo mis costillas. Tuve neumonía y estuve dos meses en el hospital, en 2001, y en realidad fue en el hospital donde se me ocurrió la idea de Lisey’s Story. Mientras me recuperaba de la neumonía, dejé de tomar analgésicos y empecé a tener la mente clara. Y esa claridad inundó mi visión y pienso que en parte quise escribir sobre alguien que estaba solo, ponerme en esa posición. Pero en gran parte quería escribir algo que expresara el dolor, la esencial soledad de la gente que puede amar, pero, tarde o temprano, todo termina. La gente es mortal.

Eso es lo mejor que puedo hacer. Y quería que tuviera el sentimiento de una de esas canciones de Hank Williams, las verdaderamente desgarradoras.

Diré otra cosa. Una de mis tareas como escritor es asaltar sus emociones y atraparlo… y para eso usaré todas las herramientas que tenga a mano.

Tal vez lo logre asustándolo, pero también puede ser de una manera más subversiva, haciendo que se sienta triste. Si logro que usted se sienta triste, eso es bueno. Si puedo hacerlo reír, eso es bueno. Gritar, llorar, reír. No me importa qué, cualquier cosa para que a usted lo involucre, para que cuando deje ese libro en el anaquel no diga “bueno, ya está, otro más”, sin ninguna reacción. Aborrezco eso. Quiero que usted se dé cuenta de que yo estuve allí.

–Usted ya tenía niños pequeños cuando publicó por primera vez. Recuerdo haber leído Pet Sematary y fue el primero de sus libros que realmente me horrorizó.

–A mí también me horrorizó.

–¿Su actitud cambió a medida que sus hijos crecieron?, ¿le empezó a resultar más difícil escribir sobre cosas que les ocurren a los niños? Cuando uno tiene hijos, esas cosas parecen mucho peores.

–Nunca escribí sobre niños por sadismo o por ira. Era más bien pensar que si escribía eso, no ocurriría. Era un intento de prevenir la maldición. Muchas cosas de Pet Sematary realmente ocurrieron.

Vivíamos en esa calle muy transitada. Realmente había un cementerio de animales detrás de la casa. Ya no está allí, porque los condenados cazadores de souvenirs vinieron a llevarse los carteles que conmemoraban a los pajaritos, a los perros, y todas esas cosas.

Ese cementerio estaba allí porque pasaban muchos camiones que aplastaban todo lo que encontraban a su paso. Y el tipo que vivía enfrente me dijo: “Tienes que vigilar a tus chicos porque por aquí pasan todos esos camiones cargados de productos químicos y esas cosas”.

Owen (su hijo mayor) era un niño pequeño y –no puedo creerlo, ya tiene 28 años y publicó su propio libro el año pasado– creyó que era muy divertido, así que corrió hacia la calle y yo escuché que venía un camión y lo atrapé a tiempo. Lo tackleé como un jugador de fútbol. Y pasó el camión. Cuando ocurre algo así, uno dice: ¿qué es lo peor que podría ocurrir? Ese libro salió de un verdadero agujero de mi psiquis.

Escribí ese libro y lo dejé a un lado. No podía imaginarme publicarlo… era un libro tan horrible. Tuve la misma reacción que usted. Terminó publicado solamente porque tenía un acuerdo contractual con la editorial, Doubleday. Me habían puesto en algo llamado Doubleday Investment Plan, y ponían todo el dinero de uno en ese fondo. Se quedaban con el interés y me pagaban 50.000 dólares al año y me decían que sólo tenía que pagar impuestos sobre esa suma, y que ellos se ocupaban del resto. Pero acumulé una enorme suma de dinero, y finalmente busqué a un contador que hiciera algo al respecto. Arthur Greene, que todavía está en Nueva York, vino y me dijo: “¿Sabes cuál es el problema? Que tienes todo ese dinero y no lo puedes tocar”, y lo volvía loco pensar que había dos o tres millones de dólares allí y que yo sólo recibía 50.000 al año. Arthur exprime cada dólar. Así que vino y me dijo: “Si te mueres, habrá que pagar impuestos por toda la suma completa”. Y yo le dije: “¿Y cómo hará mi esposa para pagarlo?” Y él me dijo: “No sé, pero será mejor que renegocies la cosa”. Así que Doubleday me dijo que liberaría el acuerdo si yo les daba otro libro. Y lo único que yo tenía era Pet Sematary. Así que lo publiqué y pensé que me matarían por ello. Y los fans lo adoraron. En EE.UU. y en Inglaterra.

–En una nota usted reconoce que tal vez no esté tan bien situado como para poder escribir lo que quiere. ¿Lo editan corrigiéndolo de manera agresiva, o demasiado?

–Todo el tiempo he sido editado agresivamente. Un tipo corrigió casi todos mis libros, salvo Lisey. Al principio, mi editor era Bill Thompson, de Doubleday, y cuando me trasladé a Viking tuve un editor llamado Alan Rowlins, y su asistente era un tipo llamado Chuck Verrill; en esa época Chuck era el que atendía el teléfono y hacía informes. Alan se fue a otro lado o se retiró y Chuck empezó a editar los libros.

En ese momento hubo algunas discusiones, porque Chuck era muy joven, pero yo dije que estaba bien. Así que Chuck y yo estamos juntos desde 1988 más o menos. Casi 30 años.

–¿Qué puede decirnos de Cell?

–Cell fue un libro instantáneo. Lo escribí en cuatro meses. Lo terminé en julio de 2005 y querían publicarlo en enero de 2006, porque Grisham no había entregado una novela y pensaron: “¡Caramba, hay un agujero en la línea de producción; tenemos que llenarlo!” Y me dijeron que debía tenerlo para octubre, y dije que sí.

Graham Greene solía dividir sus libros en novelas y entretenimientos –ambas clases son importantes para mí y los tomo seriamente–pero Cell me parecía un entretenimiento, así que lo corregí en la computadora, Chuck hizo sus cambios y los ingresé. Nunca más toqué el papel una vez que estuvo escrito.

–¿Prefiere los libros largos?

–A la única gente a la que le gustan los libros largos es a los lectores, y como escritor me dan ganas de decirles a algunos: “¿Acaso crees que yo quiero llevar conmigo esta monstruosidad a cualquier parte adonde vaya?”. Y es una expresión sincera, porque ahora estoy escribiendo otro, y no se da por vencido. No quiere terminarse. Ahora mismo tengo un manuscrito en casa, sobre el escritorio, que tiene 760 páginas y que no da ninguna señal de querer terminarse. Es así de alto, y resulta muy difícil de cargar, físicamente. Mi esposa quiere que vaya a comprar uno de esos discos auxiliares para la computadora, para que por lo menos pueda llevarlo encima. ¡Y el argumento! La semana pasada escribí algo y me resultó familiar: retrocedí 100 páginas y me di cuenta de que había repetido algo que ya había escrito. ¡El doctor Alzheimer! y después, cuando finalmente uno lo termina, y se ha quebrado la espalda durante un año para escribirlo, sale alguien a decir: “Bien, otro de los libros excesivamente largos de King”. Dos consejos: 1) no lo lea y 2) si lo lee, no lo deje caer sobre su pie.

–Algo de Lisey’s Story recuerda en parte a la biografía suya que aparece en Internet. En 1977 usted vino a Inglaterra para quedarse un año, pero interrumpió su estada.

–Vine a escribir un libro. Inglaterra es la cuna de los cuentos de fantasmas, y pensé que si viajaba se me ocurriría una. Pero nunca lo hice. Me quedé completamente seco tras cruzar el mar. Era como si me hubieran cortado el cordón umbilical, pero tuve una excelente relación con todo el mundo que conocí, no bebí demasiado, no me metí en ninguna pelea con mi casero ni nada por el estilo.

–Entonces, ¿no quedó profundamente insatisfecho con los ingleses?

–No, en absoluto. Los británicos fueron grandes anfitriones. Creo que tal vez tenga que volver a intentarlo… Vivíamos en una ciudad llamada Fleet, cerca de Aldershot… Y tal vez si encontráramos algún lugar…

–Los dos grandes trastornos que el público conoce de su vida, la bebida y el accidente que sufrió, ¿cambiaron su manera de escribir?

–Creo que escribía de una manera cuando bebía todo el tiempo, y de otra cuando dejé de beber. No creo que escriba tanto y creo que, en alguna medida, tuve que volver a aprender a escribir después de que dejé (la bebida y las drogas), porque hay muchas más cosas involucradas; no se trata sólo de beber.

Era un verdadero basurero: consumía todas las drogas que se le ocurran, y cuando se dejan es como que hay que reconectar el cerebro y volver al sitio donde estaba. Una vez que se logra, todo está bien. Simplemente, disminuí un poco la velocidad, algo más racional, y pude apreciar mejor lo que hacía, porque tenía la cabeza clara y podía releer algo y decirme: “¡Dios, todavía puedo hacerlo. No necesito pócimas mágicas, todavía puedo volar solo”, y fue una gran satisfacción descubrirlo.

Por Keith Blackmore (The Times)

Para saber más
http://www.stephenking.com

Su vida

Nació en Portland, Maine, en 1947. Su infancia estuvo marcada por la separación de sus padres, numerosas mudanzas y las dificultades económicas que debió afrontar Ruth, su madre, para criarlos a él y a su hermano David. Gran lector desde temprana edad, el joven Stephen ingresó en 1966 en la Universidad de Maine, donde estudió letras inglesas. Además de escribir una columna semanal en el periódico universitario, fue un activo participante en el centro de estudiantes y respaldó el movimiento contra la Guerra de Vietnam. Se casó con Tabitha Spruce en 1971. Tuvieron tres hijos (Naomi Rachel, Joe Hill y Owen Phillip) y hoy tienen tres nietos. Durante sus primeros años de casado, King enseñaba inglés y publicaba cuentos fantásticos en revistas dedicadas al público masculino. En la primavera de 1974 publicó Carrie, su primera novela (sobre una adolescente con poderes paranormales). Luego vendrían El resplandor, La zona muerta y Cementerio de animales, entre muchas otras. En todas sus historias de ficción juega con la irrupción de lo sobrenatural en la vida cotidiana. Para muchos críticos, su estilo es deudor del de autores tales como H.P. Lovecraft y Edgard Allan Poe. En 1999 sufrió un accidente automovilístico que le costó una larga y dolorosa convalecencia.

Algunas obras

Carrie (1974), El resplandor (1977), La zona muerta (1979), Ojos de fuego (1980), Cujo (1981), Christine (1983), Cementerio de animales (1983), It (1986), Misery (1987) Apocalipsis (1990), Cell (2006), Lisey’s Store (2006). La mayoría fueron llevadas al cine.

La historia de Lisey

Lisey’s Story (La historia de Lisey) es considerada la más personal y poderosa novela de Stephen King, aún no editada entre nosotros y que en España será publicada en abril del año próximo.

Hace dos años, Lisey Debusher Landon perdió a su marido, Scott Landon, luego de un matrimonio de 25 años caracterizado por un profundo y por momentos escalofriante nivel de intimidad.

Scott era novelista, ganador de premios y escritor de best sellers, pero también un hombre muy complicado. Antes del casamiento, Lisey tuvo que comprender los vericuetos de su alma, tan torturada.

Al morir Scott, Lisey debe enfrentar esos demonios por donde transitaba la compleja imaginación de su marido. Lo que comienza como el esfuerzo de una viuda por recuperar los manuscritos de su célebre esposo se convierte en un casi fatal viaje a las oscuridades en las que él habitaba: la creatividad, la tentación de la locura, el lenguaje secreto del amor.

En 2007 se editará en España.

Fuente: LA NACION.COM

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